domingo, 23 de diciembre de 2012

Europa: señas de identidad

 

Ya tenemos a las elites patrias jodiendo otra vez con la vena cristiana. Cuando ya ni los puros se prestan a perder el tiempo en lucir los abrigos de pieles a la salida de los bacanales opusdeianos, aprovechan cualquier disculpa navideña para contarnos que somos así por no creer en lo que no creemos: aceptar las hostias del poderoso nos llevara al paraíso.

Pues mire usted, después de patear Europa por todas las esquinas desde años, la única seña de identidad consistente y consecuente que me he encontrado vaya a donde vaya son los cafés. Si, esos cafés por los que perdemos el culo y la vida. El Gran Café; invento de los europeos germánicos que lo extendieron por todo el continente mientras discutían como tomar el palacio de invierno y/o enamorar al/ la deseada. El motor de la vida.

No piense usted que hay cafés en otras parroquias. Los exportamos al otro lado del charco. De la Argentina a Chicago. Europeos. Cafés europeos, según las normas europeas. Transportados por los emigrantes para matar la morriña y el asco. Que emigrar es muy duro.

Hay quien lo confunde con el bar hispano, la tasca de Ernestina, el bar del pueblo. No hermanos, eso son otros lugares. El café europeo es ese sitio donde usted acouga el estrés de la vida, se entera de las mentiras que quiere venderle la voz del amo, el divorcio de Panchiña, el suicidio de el del quinto, los cuernos de la peluquera, los despilfarros del alcalde, las mangancias de la prima de la concejal de abastos que la prima, la hora de comienzo de la revolución pendiente, donde hacerse de barato con entradas para la ópera, cuando expone el borracho de Manoliño el pintor…

Es el único sitio donde se puede estar solo sin soledad. Donde te hablan si quieres. Te ignora si lo pides. Es la universidad más barata del universo. Por el precio de un café achicoriado puedes asistir gratis a las cátedras de la vida. Por dos te dan el doctorado. Cada día cambia el alumnado y el profesorado. De suerte, por allí anda el amor de su vida.

Lo grita el anarquista de domingo extasiado ante la pista de exhibicionismo del gran café De Winkel van Sinkel en  Utrecht que en su tiempo albergo a un banco hoy expropiado. O el Gran Café Meesters de Tilburg: Es que las iglesias ya no iluminan desde que no arden
 

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