domingo, 20 de septiembre de 2015

Oostende



Hace siglos que esta en el mapa. Un pueblo de pescadores de gambas en las arenas de Flandes, dicen Bélgica. Pescadores a caballo. Patrimonio de la humanidad. Aun se ve a alguno que lo intenta en las bajamares de primavera. La cosa da para poco. El Mar del Norte lleva tanta mierda como arena.


Oostende creció del expolio. Lo que robaban en el Congo bajo el mandato del negrero rey protector, un Leopoldo de mala memoria. Les valió de poco. Construyeron fachadas de grandeur sin contenido. Hoy viven del turismo barato después de haber destrozado la costa con apartamentos de mal gusto.

El capital de Bruselas va a Knokke. Los ricos holandeses de Brabante a De Panne.  Mas al norte, mas al sur. Ninguno es mejor. El cambio solo se nota en las tiendas de lujo para amantes aburridas en tarde de domingo.

Presumen de dar comer bien al mundo. No lo crea. Lo de bien lo entienden como sinónimo de abundante. Lo que calma estómagos hambrientos y mal educados. Kilos de crema fresca en mala copia de la insania francesa es derrochada en platos de buen pescado. Si de todas formas insiste, los mejores restaurantes de modico precio los encontrara en el muelle, cerca de la estación de ferrocarril.

De haber llegado, ya que allí no se va, puede contemplar el devaneo del pueblo por el paseo marítimo de grandeza imperial. La pequeña burguesía de solaz. La pequeña burguesía sin ideas.  




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