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sábado, 28 de marzo de 2015

Camino de Suiza


Con el frío entra el gusanillo de pasar mas frío. O eso parece. La tribu se encabrito. Quieren jugar a cabra montesa. Trepar por las laderas de cualquier monte nevado para arriesgarse a partir el alma mientras lo bajan sobre dos maderas. Deporte, dicen. Lo de invierno es pleonasmo. Hace tiempo que no practico. Todo lo mas, de roca en roca; trepando para la foto única que siempre es una mas.

Juntamos los dineros y en acto irresponsable, se definió el destino: Zermatt. Aldea de la Suiza del capital. No la mas cara de Europa, pero casi. Si usted se pregunta como es posible que la gente se gaste los doblones por dormir entre cuatro maderas, pagar un dineral por una milanesa empanada a pie de pista por la que en mi pueblo le piden 4 euros 25, regalar 5 euris por un mal capuchino, etc etc, debería ir. Para encontrar la explicación. Allí, aldea de nada, se paga por el aire y el paisaje. El aire es frio y se supone que menos contaminado que el resto. Supone. El paisaje es único. Uno de los lugares mas hermosos de Europa. Lleno de ricos y pudientes pero todavía no asesinado por la masificación. Reserva de cómo fue Europa.

Claro que antes de llegar a esas tierras deberá usted recorrer otras. Los que vivimos en el norte de Europa tenemos dos opciones: La Alemania siempre en obras, llena de atascos y orden. La Francia caótica y mal encarada donde el pueblo se desplaza por donde puede. Vaya por donde vaya llegara tarde. Inútil encabronar el alma. Tómeselo con calma. En la fila, entre parada y parada contemple el paisaje. No es la foto esa, única, pero de camino, ¿ que mas quiere?



sábado, 16 de marzo de 2013

Mitos cerveceros: la asquerosa cerveza alemana de Colonia




 
Nos vamos a poner serios ya que el mundo se ha puesto en plan relativista. ¡Insoportable! Mire oiga, la música barroca es superior a la clave monocorde china. En esa civilización todavía están esperando a que nazca un Mozart. Los árabes que en su tiempo llegaron a dedicarse con cierto éxito a las letras y la arquitectura, se cayeron hace tiempo del camello. Siguen sin encontrarse. Es lo que hay y si usted lo  niega pasara irremediablemente a la categoría de los “distintos inteligentes”

Lo mismo pasa con la cerveza. Hay elixires supremos. Producto de dioses. Los que elaboran los monjes trapenses belgas y, una, solo una, abadía de los mismos  en Brabante del Norte. Hay unos cuentos artistas checos. No hay más. El resto son soles en medio del pantanal. La Pelforth normanda, la Estrella galaica, la Dark Lord Imperial Russian stout yanqui, la Narke Kaggen Stormaktsporten que se atizan los suecos, esa cosa imposible con más sabor a coñac que a cerveza que hacen en el puerto de Boston bajo el nombre de Samuel Adam’s Utopia…pero alemanes, no.

No incordie. Los alemanes nada. Mierda pils, mierda blanca. Por mucho que ahora nos intenten vender la cerveza de Colonia, la Kölsch, menos marga, mas aguada, mas nada.

Entiéndame bien. Hay algún alemán que hace elixires maravillosos. Como la Schlenkerla Lentbeer que solo elabora durante la cuaresma una familia de Bamberg y que está entre las cinco mejores cervezas del mundo. Pero eso no es lo que se vende como cerveza teutona.

Puede usted gastarse los dineros en cualquier cosa importada de Alemania. Tirara el dinero. Beba lo bueno que tiene en casa. Seguro que le sabe a más. Si por algún trauma de niñez no lo soporta, esconda la botella. Al fin y al cabo la cerveza hay que beberla siempre en vaso, con la única excepción consentida de la Coronita mexicana, refresco de verano

El pelotazo de los museos: El ejemplo aleman: Colonia




Ustedes ya conocen la receta, ¿no? Se saca un montón de pasta de la que pagan hacienda son ellos, nosotros. Se contrata a un arquitecto de estos que hacen filigranas y castillos en el aire. Se lleva a los plumillas a comer al restaurante de turno para que loen el nuevo cultivo de las neuronas de los padres de la patria de ellos. A los que viven de la blogeria se les trae en autobús para dar la nota indi. De guinda, se contrata como director  a un moderno con gafas de pasta y fular de Máximo Dutti que diga frases en ritma y sin ritmo. ¡Un pastón!, pero valió la pena, dirán tras las elecciones.

Ninguno tiene colección. Dos cuadros mal colgados en unos muros de  blanco virginal. Para dar el pego y evitar que el plumilla resentido se vengue en la hoja parroquial no invitada a los modernos juegos florales, se intercambian las exposiciones como cromos. Siempre organizadas en base a los préstamos de la mafia de amigos… ¿No me diga que no les suena? Los hay a cientos, en cualquier lugar, en cualquier país.

De vez en cuando sale algo más puesto. Son las colecciones que crearon algunos industriales europeos en base a las plusvalías robadas. Esas colecciones se han ido asentando en distintos pueblos europeos a base de ingestas inyecciones de dinero acompañadas del silencio cómplice del no ver, no preguntar.

Colonia es la muestra de los dos modelos. El museo Ludwig fue instalado en un edificio construido por los arquitectos Busmann y Haberer. Es un edificio exhibicionista. Como ya les conté estos días es también la historia de un fracaso. En sus suelos alberga también la imponente sala de conciertos de la  Philarmonia, que sucumbe bajo las pisadas de los paseantes. La colección de la familia Ludwig, a pesar de los nombres de Picasso, Matise, Klee, Beckmann, la avant-garde rusa, etc, es ínfima. El edificio si debe verse. 

Un poco más lejos, cerca del ayuntamiento, medio oculto, se encuentra la mole del    Wallraf-RichardtzMuseum- Fondation Corboud. Una pequeña colección de flamencos y holandeses, incluyendo a Rembrand, acompañan a Rodin, Renoir, Degas. Es el museo más didáctico que me he encontrado en mi existencia. Con excelentes explicaciones para adultos; con un perfecto sistema para que los niños se interesen por la pintura. Debería de ser de visita obligatoria para estos modernos parientes del alcalde que nos organizan los  museo- espectáculo  modernos; a ver si les pega algo.

Si usted disfruta de las piedras y su repetición hasta el aburrimiento, debe ir a ver el museo donde los alemanes amontonan toda piedra que los romanos dejaron alguna vez por las orillas del Rin. Por cierto, como en Alemania nada es gratis y para que no se muera del susto, sáquese un billete para ver todos los museos de una vez. Paga uno y el resto, eso, al aire


 




La hermosura de las cosas sencillas: Iglesias de Colonia




 
Los pueblos mal educados se rigen por la regla del tamaño. Los nuevos ricos también. Los pueblos capitalistas –no confundir con países- exhiben el tamaño como adolescentes derrotados mentalmente por la testosterona. Son las catedrales de culto europeo. Las que enseñan las guías de viaje, los libros de historia, los videos del national geographic, las mentiras de la televisión imperial. Siga creyendo hermano.
La vida, siempre, va por otras rúas. Es como buscar el modelo único y exquisito en una tienda de Zara. Claro que para encontrar hay que patear. La búsqueda sigue siendo el motor de la historia. El ir mas allá. El recorrer caminos que nos lleven a otros lados, el reino de los deseos o de los sueños si usted, romántico, prefiere.
En Colonia, como en cualquier otra villa, hay iglesias mucho más hermosas que la imponente catedral. No solo hermosas en la arquitectura. Profundamente hermosas en todo lo demás. Les enseñó un par de fotos de la Iglesia del Convento de San Martin. La antigua abadía benedictina ha sido tomada al asalto por la comunidad de Jerusalén como en otros muchos lugares en Europa. Por ejemplo en el monte San Michel en la frontera normando bretona, eso que los iletrados llaman estúpidamente Francia. Los jeruselianos, machos y hembras, una revolución en la sagrada separación de sexos que todavía siguen imponiendo los vaticanistas, se empeñan juntos y revueltos en construir lugares de reposo, sosiego, tranquilidad, reflexión, oración si usted todavía cree, en medio de la maraña del mundo. Son periféricos. Lo hacen muy bien,
Colonia tuvo doce iglesiasromanicas que fueron destruidas por las bombas en la segunda guerra mundial. Han hecho lo posible por reconstruirlas. De lo conservado se deja ver el gusto de los tiempos. Cuando lo que primaba era el contenido y no el continente. La calidad de la idea y no las flores del envoltorio que poco dura.
Si va a Colonia patee y búsquelas. Da que ver. Y no se olvide lo que todo el mundo sabe. Lo que da más placer no es la más grande si no la más hábil.


domingo, 10 de marzo de 2013

Mas candados del amor










Para no confundirse: el enamoramiento es un estado de imbecilidad transitoria. Nos lo conto el señor Sthendal de pequeños. Cuando leíamos la excelente edición de “Del Amor” publicada en Alianza con prólogo de Ortega. Luego la vida vino a demostrarlo. Siguen sin querer enterarse.

Alguna vez les he contado en esta hoja la moderna costumbre de los enamorados de encadenarse en los puentes mientras polucionan tirando las llaves el rio. Paris, Florencia…Como no podía ser, lo más bestia, eyaculación de poderío, es el muro de la imbecilidad que se han montado en el puente del ferrocarril a la salida de la estación de Colonia.

No son solo alemanes, no crea. Los hay de todas las nacionalidades posibles. El toque de lujo solo se nota en los espabilados ferreteros que gravan los nombres de los amados al instante. Aunque como siempre, los elegidos, busca el modelo distinto. Los sibaritas lo  imposible. Tómese el tiempo y repase las fotos que les he puesto. Hay de todo.

 El puente sobre el Rin es gigantesco. Esta lleno a más no poder. En días soleados una masa se mueve mientras contempla los candados como obras de arte. Es la nueva cultura. Lugar de culto más concurrido que la cercana catedral. El espectáculo también da para vivir los dramas de la vida. Los padres que cuelgan unas rosas por los fenecidos  tras buscar  el cando imposible. El que contempla que el candado sigue cerrado pero más no hay.

Entre el traqueteo de los trenes, las gaviotas que vuelan bajo, el curiosear de los ociosos, las terrazas en la ribera que invitan a sentarse, llévese a Sthendal para leerlo al sol y que no lo engañen. ¿Atar? Al amado. No al puente

Comer en Alemania





Pateando por Europa todavía es posible alimentarse sin que te arruinen. Al menos en los países serios. Con una barra y camembert del bueno me he alimentado muchos años. Puede tirarse al plato del día y pensar que es sabroso. Cualquier francés que se precie le ha puesto una cucharada de crema fresca a la sopa. Incluso por nada le dan un trozo de pescado bien cocinado, que los mares aunque menos siguen dando.

Los nórdicos y escandinavos por nada no dan nada. O lleva bolsa o da el hambre. Por lo que los holandeses le cobran por un bocadillo se da una cena opípara en la tortillería de su pueblo; un ejemplo

En Alemania tienen otro estilo. Lo suyo es lo bestia. Carne de lo que sea, patata y legumbres. De esas que le segregan el ácido gástrico ulceroso. Pero carne al fin y al cabo, que hay que matar el hambre pasada aunque usted este rebosante.

En cualquier cervecería alemana podrá usted alimentarse por módico precio. Le pondrán una cerveza que no es de elixir, y coma. Bebiendo. Si se descuida lo habrán emborrachado al segundo bocado. Cada vaso vacío se cambia a ritmo vertiginoso. Llámele eficacia alemana. Yo le llamo la máquina de vender. Beber. Consumir.

Las cervecerías alemanas están cortadas por un patrón fijo. Se anuncian como antiguas. Algunas lo son. Todas en el decorado. Las de verdad producían en su tiempo la cerveza que venden. Hoy son casa de comidas. Si en la guía dice que está a rebosar suele ser cierto. Van los locales. Ofrecen carne buena y ambiente inmejorable. Estos inventos no están hechos para el turismo.

 Entre y espere a que haya un sitio libre. No busque la mesa. Siéntase y pida. Lo que ve es lo que hay. Silla libre comida que se da. Hermandad obrera unos junto a otros. La conversación del vecino no es interesante. Se trata de saber de qué animal procede este codillo. Si, de cerdo, ya se sabe. ¿Seguro?¿Usted se lo cree por 12 euros alemanes cerveza inclusive?



Interioridades de la catedral de Colonia





Los monumentos son como la política. El pueblo contempla el envoltorio pero a penas percibe lo que ocurre en el interior. Mucho envase, poca substancia. Posiblemente tenga que ver con las prisas de la modernidad. Ya no hay tiempo para mirar. Menos para viajar. Solo hay que leer los miles de blogs que se acumulan en la red donde turistas intrépidos colección destinos a golpe de mapa. Han estado en todos los lugares, no han visto nada.

La catedral de Colonia da para más de un día. Como a los grandes edificios se le pueden ver sus submundos. No hay más que sentarse y contemplar. Mirar el discurrir del día. Sus compatriotas los turistas ofrecen espectáculo, pero el más divertido es el que nos representan los vividores del edificio. ¿O usted es de los que piensa que solo en Compostela se mete la mano al peto de las ánimas?

He estado pocas horas, pero puedo escribirles un libro. El monaguillo mayor lleva pendiente de pirata en medio de la campiña. Tiene pinta de haberse confundido de destino. Quedaría mejor de portero de un tugurio de rock, pero pide para la santa. El otro, el ninfo que lo sucede, es manifiestamente el favorito de la curia. Siempre pederastas estos tipos.

 
¿Sabe usted por qué siempre, en cualquier lugar, la catedral está consagrada a una virgen pero el populacho incordiante se empeña en rezarle a otra? Aquí también. ¡Mírela! Y si duda de la tesis, vaya a dar una vuelta por Compostela, para comprobar que a los locales el apóstol solo les da euros. El resto se mete en la capilla de A Corticela y reza con pasión a una virgen tan fea como eficiente; incluidos estudiantes racionalistas en apuros.

Sigamos en Alemania: toda iglesia de pro tiene que tener reliquiario. Algo en lo que descreer. Lo bomba es cuando se puede seguir vendiendo al pueblo más allá de la existencias. Como ya todos llevan la sabana de cristo colgada y no hay que exagerar en los metros, aquí te fotografían el cajón de los reyes magos y te lo venden en bola de resina pulida. Es más ecológico y mata menos que llevarse el granito de la catedral a golpes de martillo. Pero para eso hay que ser, evidente, alemán.

sábado, 9 de marzo de 2013

La catedral de Colonia




La catedral de Colonia es monumento consagrado. Ahora, de moderno, se dice patrimonio de la humanidad. Suena más liberal, menos absolutista, mas todo es posible. Da el pego.

Da muchos euros. Es visitada a todas horas por los muchos de turistas que arrastran el lorcho por las calles de Colonia donde poco monumento hay que ver. Se los llevaron los aliados por delante en la segunda.

Es el símbolo del poderío católico en Alemania. Donde son muchos. Y poderosos. No se olviden que hasta han dado Papa dimitido, por lo que todos los sur europeos estamos condenados a aplaudirlo aunque fuera un racionalista reaccionario.

Publico creyente queda poco. Acudí de domingo a la misa de 10, que los alemanes son madrugadores, y solo había mayores y, dos, piadosas. A los turistas nos expulsaron las tropas de casulla del templo. Sigue siendo suyo. Aunque le paguemos notros el sueldo y la manutención. Imposible que algún día algún político tendrá que explicar.

La historia de la construcción de esta maravilla arquitectónica es la transmisión en directo de los pasos de cangrejo leninista de un burgo, una burguesía, unos obreros, un país. Léala si tiene tiempo.

Si va, patee sus pasillos para contemplar los bajos del órgano o donde la leyenda dice que están las reliquias de  los reyes magos de oriente. Si, esos tipos que si la jodes en vez de regalos te traen carbón. Los que nunca traen lo que queremos. Los que mantienen que educar es frustrarse progresivamente. Un día sí y otro también. ¿Comprenden? Aunque sea una joya, una preciosidad arquitectónica, allí, entre sus ventanales tan hermosos como terroríficamente violentos, solo cabe mantener que aunque solo sea metafóricamente, la iglesia que más ilumina es la que arde.

Por cierto, aunque quedaba al lado de uno de los puentes vitales del Rin no fue destruida por los bombarderos aliados durante la segunda guerra mundial. Por eso, porque hay pueblos y tribus.

Globetrotter


Sobre perversiones, de lo que quiera. Cada uno con la suya y casi siempre múltiples. No crea usted que solo se trata de los que eyaculan mirando las bragas de la vecina detrás de unos prismáticos. Tampoco de los que se esconden detrás de dunas y matorrales. Ni me refiero a los que lo hacen en público y se pasan horas masturbándose con la contemplación de sellos variados, monedas etruscas, fotos de cachalotes, pájaros a la deriva, mariposas de flor en flor, primeras ediciones de los presocráticos, las mejores fundas de LP’s, muñecas  en traje regional, la pornografía legalizada de Taschen….

Yo también tengo varias. Alguna es pública y conocida. Meterme en las tiendas de material para viajar al fin de la esquina, el primer semáforo, el primer mundo. A ver lo que jamás compro ya que el racionalismo me impide despilfarrar lo poco que tengo. Es más, el único objeto adquirido por vicio inconfesable es un tenedor de titanio que se pliega y se mete en el bolsillo para comer sardinas sin pringarse los dedos cuando hay pan de Neda al alcance. ¿Pero mirar, mirar?, eso.

En Colonia hay una tienda de la cadena alemana Globetrotter de no sé cuántos pisos, la catedral de la aventura y el viaje. Vende todo lo que se le puede ocurrir a usted y más treinta inventores. Para despertar tiene una habitación donde cae agua a chuzos para probar la impermeabilidad de telas y botas. Un muro para entrenarse en la ascensión al Everest, un estanque para navegar entre procelosas aguas…

Estaba a tope. Todo un día de sexo placentero gratis. Pues nada, una bolsa para viajar a Tombuctú sin que llamen la atención a carteristas y jode eventos no te venden estos especialistas de la aventura. Todo diseño, todo light, todo fibra. Hace falta ser anticuado para buscar una bolsa de lona de las que resiste todo. ¡Si eso ya ni en la mili se lleva!  Pero ver, ver… ver e non tocar e como beber sin tragar

domingo, 3 de marzo de 2013

La incompetencia alemana


 
Si usted ha picado en el anzuelo ya es hora de que se suelte. El país más poblado de Europa no es el paraíso terrenal. Llevan los pantalones tan meados como el resto. No lo duden.

Hay quien ni en el norte ni en el sur ha entendido que la diferencia entre los pueblos barbaros del norte y las tribus bárbaras del sur se basa en un solo punto: El grado de mangancia. Mientras que la barbarie nórdica roba con mesura y precaución, las tribus del sur meten mano hasta que de tanto pulir hacen agujero. Si lo duda, viaje y vea. Sin olvidar que unos y otros cultivan con pasión la barbarie, lastre que en 21 siglos de historia no han soltado.

Podría darles millones de ejemplos pero ayer, pateando Colonia, nos encontramos con una incompetencia de carcajada. Cinco uniformados, cinco. Cinco salarios. Evitando que la masa andante paseara por la plaza. Que se equivocaron en el diseño.

Si usted patea el empedrado podrán oír los burgueses renanos sus pasos en vez de las filigranas violinistas. ¡Ayer había opera!

Ya ve, no se fie de las fotos imponentes, eyaculadoras, de una sala de conciertos exhibicionista siempre llena de viejos a rebosar. Se les olvido un pequeño detalle. Sus pasos de viajante o turista bocadillero. De joven desocupado. De tortolitos metiéndose mano mientras contemplan el discurrir del Rin. De corredores jodiendo las rodillas a todas horas. De madres recién alumbradas…

¿Qué tocaban? Imposible saberlo. Ellos podrían oírnos. Nosotros a ellos, nada.
 
 

Colonia la rica



Fui a Colonia. No lo haga. Allí no se le pierde nada. Al menos no hay nada de eso que se llama memorable. De lo que recuerda dos minutos antes de pasar al camposanto. Todo lo más un punto que borrar de la lista como ahora hacen las masas de viajeros que nos cuentan que ya han violado otro destino más. Como si orgasmos o coños de vírgenes coleccionaran. ¡Pueblo!

De camino nos sacó la policía holandesa de la autopista haciéndonos rodar por esas pistas rurales bien asfaltadas que enseñan que son un país serio. Tanta precaución, dice al minuto la radio, para evitar que respiremos el posible asbesto que se ha desprendido en el incendio de una granja de cerdos al lado de la autopista. Al final del mensaje informativo, como quien no quiere la cosa, estamos en el norte de Europa, con compasión fingida, dice el locutor que no se espera encontrar sobrevivientes entre los 350 cerdos calcinados. Amen.

Tres cuartos de hora más tarde de lo previsto arribamos en Colonia. Buscar el hotel es complicado con tanto túnel en el que el GPS se pierde. ¡A mala hora el incendio! Coincidimos en un semáforo con un húngaro descerebrado mentiroso imbécil, tres en uno, que no contento con llevarnos por delante el espejo retrovisor del carro se dio a la fuga.

En Alemania el pueblo ama las normas. Nos indicaron amablemente por donde se había fugado el hijo de mala madre. Atrancamos el carro delante del autobús repleto de japoneses que conducía el desmemoriado copiando el modelo Miami vice. Me ofreció 20 euros por el espejo. Tragedias europeas. Con eso poco  compro en el país de la reina naranja donde duermo de arribada. Lo menos 200 eurones. Posiblemente un tercio de su salario mensual. Casi le da el infarto cuando se lo dije.

Se puso bravo y amenazante el comedor de huesos de cerdo. Ya no había espacio a la solidaridad de nada. Algunos pueblos entraron demasiado pronto en Europa. ¡Que venga la polizei, pero tú de aquí no te mueves gran fillo da grande putana! La eficacia germánica del agente bien educado y la poliglotía de la ninfa resolvió el incordio. Le he causado cuatro problemas las próximas semanas: desayuno, comida, merienda, cena. Pero quien se escapa del lugar del crimen siempre es culpable.

Pues no se crea. Tras algunos tumbos más y unos cuantos giros irresponsables y multables, llegamos al hotel de mierda. Amablemente una señorita y un proyecto de caballero nos mentan que el ordenador esta escarallado y nada de asentarse. Si quiero me regalan una cerveza cutre mientras espero a que arreglen la incompetencia, pero antes que les pague la cama.

A veces me pregunto cómo domino la pasión recta y coherente, el deseo vital y democrático, de rebanarle el pescuezo a uno de estos gallos miserables. No se apuren. No dormí debajo de ningún puente ni en la comisaria si no en una cama aceptable. Frente a la catedral del pueblo. Por un precio módico, desayuno incluido. Después de haberme atracado en una cervecería de nombre con manjares y elixires de la Alemania proletaria.

martes, 1 de enero de 2013

Paneuropea



Partimos entre lusco e fusco. Lo que a usted le suena a chino. Es la expresión perfecta para definir la hora precisa. Solo pudieron inventarla los gallegos. Ese momento preciso que no es día ni noche. Ni hacia arriba ni hacia abajo. El instante en lo que todo es posible. Levantarse con la aurora que viene o seguir durmiendo con el crepúsculo que definitivamente ya no está. Todo un manifiesto de eso que los gabachos llaman nuance y que los iberos árabes jamás comprenderán.

A esa hora la carretera está más viva que un burdel en noche de sábado. Plagada de esos suicidas que el mundo se empeña en llamar camioneros. Lo de suicidas es literatura elegante, por la forma. De no llamarles hijos de puta. Montones de descerebrados que borrachos de sueño y alcohol encabronan a las máquinas y al pueblo haciendo volar toneladas por donde no se puede ni les dejan.

Asalariados de su miseria y el hambre de sus barrigas. Los importaron las grandes empresas de transportes del oeste europeo. Esclavos ex-comunistas sin educar que se vendieron al mejor postor de la barbarie del capital. Hoy están arruinando a los camioneros propietarios de los países sureños incapaces de pagar las letras de los iveco y man ya que no hay carga. Mientras ellos malviven su miseria de ser escupidos como esquiroles que también son. Hoy son, también, los mayores causantes de accidentes con muertos de las grandes autopistas paneuropeas.

Frente a ellos están los europeos que disciplinados en el arte de llegar a su destino, viajan a lo que se puede más que a lo que les dejan. Ya nadie se cabrea ni desmadra so pena de ser exterminado por el ojo del radar que siempre te caza y siempre cobra.

Atravesamos Holanda, Alemania, media Suiza…para después de 7 horas y pico allí, a lo lejos, ver la silueta de los Alpes que te invitan a llegar. Llegaremos.

 

lunes, 15 de octubre de 2012

La Europa de las librerias

 

Las librerías holandesas están vacías. Solo muestran  betsellers. A eficiencia no les gana nadie. Si pides un libro en dos días lo tienes.

Bélgica se divide antes que la dividan en tres partes. La flamenca practica el modelo holandés con retraso. Los walones están militantemente afrancesados. Los cuatro pueblos de las Ardenas que hablan alemán no tienen librerías.

En Alemania hay de todo. Traducido y a buen precio. En las noches largas de invierno se consumen las hojas de papel a toque de receta. Como pueblo serio cultiva la prosa, la romántica, y el ensayo. Allí las librerías de viejo están limpias.

Más allá de Francia, al sur, hay de todo. En las pequeñas ciudades nada. Aquí y allá hay joyas. Siempre mucho libro para tan poco espacio. Cuando es al revés hay papel impreso. De ese que no sirve para nada.

Lo de los ingleses es vicio. Juegan con ventaja. Insultan con ediciones americanas. Te dejan k.o. con los precios de los australianos.

Lo mejor, Francia. Las librerías están llenas. También subvencionadas. Los libros están bien editados. Hechos con amor. Ellos leen lo propio. Que siempre fueron muy suyos. Si, las modas las siguen. Pero las librerías siguen llenas de producto nacional. Lo que indica que hay producción intelectual. De bandera. No de miseria.

Venden cosas que por el sur ni el delirio imaginaria. Como muestra, al Sr. Mao. ¿Recuerda? No piense que lo saque de una librería perdida. En el centro de Paris, en la librería mas burguesa. Entre intelectuales, señoras de alto tacón, revolucionarios beiristas, niñas de las monjas, turistas sajones, la ninfa de las piernas de gacela, el arte del buen beber el vino como libro del dia… volveré. A comprar mas libros, of course

domingo, 14 de octubre de 2012

La literatura infantil en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt


 
 
 
 
Sábado grande para los niños y no tan niños alemanes que acuden a la Frankfurter Buchmesse. Es el día que toca disfrazarse para recrear algunos de tus personajes favoritos de la literatura. No crea que es fácil. Los germánicos son un pueblo preciso. Y el disfrazar, como la vida, debe ser por el camino de la perfección. Autenticas joyas individuales y en grupo que animan la feria de Frankfurt, mientras beber un vaso de buen vino es un imposible entre tanta rubia cerveza