jueves, 15 de mayo de 2014

De ferry en ferry; recomendaciones para su uso




Hace unos días que vengo pasándome horas esperando a que llegue/salga el ferry. No crea usted que es un aburrimiento. Para los ojos observadores resulta un espectáculo divertido. ¿Cómo llega uno a caer en estas perversiones? Los viajes entre isla e isla y ferry porque me toca. Escocia, por donde ando, es sobre todo isla.

Si usted cree que un ferry es un barco de fondo más o menos plano para el transporte de vehículos y personal está usted en lo políticamente cierto. Mentira piadosa como siempre. Les confieso: un ferry es un instrumento de los malvados propietarios para a través de su estómago vaciarle la cartera y llenarlo de glucosa barata. ¿Delirio? De eso nada. Le cuento:

Los últimos días me he subido – y bajado- en cruceros, pontones, barcas, barcos de distintos tonelajes. Me he jugado la vida y el landrover desembarcando entre las olas al ritmo de ¡gogogo!, ya que atracar era imposible. En cualquiera de estos hierros flotantes, bajo la disculpa de llevarle a usted y a su coche, lo que hacen es darle de comer y beber a golpe precio Michelin 5 estrellas.

En el crucero de la Mancha te engañan con un bufet barato. Todos los calvinistas nórdicos al grito de ¡es gratis! caen como moscas. Caro no es. La cuenta astronómica llega y te  enteras que por dos coca colas y el vino californiano de garrafón te atizan lo mismo que por 5 Vegas Sicilia. No desespere. El barquito que lo lleva de un islote a otro en media hora le pedirá 10 euros por la misma cola. En el pontón, que nada hay, hay espacio para la máquina expendedora de calorías vacías y bebidas edulcoradas.

En fin, hecho un experto, tres consejos. Ferry es paciencia. Se sabe que sale y llega. Que alguna vez le dirán que arranque el motor y marche. Puede creer que a usted siempre le toca el último. Es verdad, es mentira. La prisa solo le cultivara la ulcera. Relájese.

Antes de entrar en cualquier barco, incluyendo pontones,  debe usted saber que una vez dentro deberá abandonar su coche y no podrá acceder a él durante todo el viaje. En los ferris grandes las puertas se cierran herméticamente y no hay “un momentito” que valga. Mal viaje tendrá si antes no ha metido en una bolsa, la alimentación, un gorro de lana para las orejas, una prenda de abrigo para el cuerpo. En el mar siempre hace viento, siempre ataca el frio. Incluso bajo el sol resplandeciente. Al norte de Paris, añada guantes a la lista.

He escrito antes. Una vez en la bodega del barco, no hay tiempo a armar el petate. Ahí cometen los novatos el tercer gran error. Bajo la presión del personal salen de estampida escaleras arriba olvidando apuntar donde han dejado el carro. En todo ferry serio hay en cada puerta cartulinas con el número de piso y puerta cercana a su vehículo. Si no la encuentra no se fie en su memoria. Hágase un selfi delante del número de la puerta. No se arrepentirá. En todas las ocasiones que he viajado he visto almas – familias- angustiadas dando tumbos por las bodegas de los ferris rosmando que les habían robado el auto. ¡Señor, señora, en los mares no hay mangantes solo marineros!




No hay comentarios: